Frank Gardner - Corresponsal de Seguridad de BBC News

El primer deber de un gobierno, tal y como han proclamado innumerables líderes a lo largo de las décadas, es proteger a su población.

Estados Unidos fracasó manifiestamente en esa tarea el 11 de septiembre de 2001: la información de inteligencia existía pero, trágicamente, nadie logró descifrar las conexiones a tiempo.

El 11-S —nombre con el que se conocieron los ataques contra Estados Unidos— y la posterior respuesta llegaron a definir toda una generación de política exterior, seguridad e inteligencia durante las dos primeras décadas de este siglo.

El 11 de septiembre de 2001, mientras los pilotos suicidas de al Qaeda estrellaban los aviones secuestrados contra el World Trade Center, yo estaba terminando una misión en nuestra delegación de Medio Oriente.

Un taxista palestino me llevaba por las colinas pobladas de pinos al oeste de Jerusalén hacia el aeropuerto Ben Gurión de Tel Aviv, cuando, de repente, subió el volumen de la radio.

“Ha ocurrido algo grave en Estados Unidos”, dijo.

No exageraba: 2.977 personas perdieron la vida aquel día.

Los ataques no surgieron de la nada: la CIA llevaba años, desde antes de 2001, al tanto de la existencia de la red al Qaeda y de su líder saudita exiliado, Osama bin Laden, e incluso contaba con un grupo de trabajo para localizarlo y capturarlo.

Nueve días después de los atentados del 11 de septiembre, el entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, declaró la “guerra contra el terrorismo”.

George W. Bush se encontraba en una escuela de Florida cuando ocurrieron los ataques.

En los 25 años transcurridos desde entonces se han producido numerosos éxitos y fracasos en materia de inteligencia a ambos lados del Atlántico.

Entre los éxitos figuran complots desmontados y sospechosos detenidos, juzgados, condenados y encarcelados.

Pero ¿cuál es el panorama general? ¿Cómo han evolucionado la recopilación de información, la lucha antiterrorista y la planificación estratégica en los 25 años transcurridos desde el peor atentado terrorista de la historia de Estados Unidos?

Un fracaso colosal de inteligencia

Nadie puede cuestionar que el 11 de septiembre fue un fracaso colosal de los servicios de inteligencia o, más concretamente, un “fallo de imaginación” por parte de la comunidad de inteligencia de Estados Unidos.

En aquel momento tanto la CIA como el FBI disponían de información que, de haberse compartido adecuadamente, podría haber evitado lo sucedido.

El informe posterior de la Comisión del 11-S atribuyó la responsabilidad al gobierno estadounidense, señalando “fallos de imaginación, política, capacidades y gestión”.

El informe concluyó que la CIA y el FBI no evaluaron correctamente la información de inteligencia, no la compartieron entre sí y no tomaron medidas suficientes para frustrar el complot.

Desde entonces, esta lección fundamental se ha aprendido en gran medida —aunque no por completo— y el intercambio de información entre las agencias de inteligencia occidentales es infinitamente mejor que en 2001.

Las antiguas rivalidades entre, por ejemplo, el MI5 y las unidades policiales antiterroristas han desaparecido: primero, con la creación de “centros de fusión” regionales repartidos por Reino Unido y, más recientemente, con el establecimiento del Centro de Operaciones Antiterroristas de alta seguridad en Londres.

Allí, los oficiales de inteligencia del MI5 pueden llegar a sentarse literalmente junto a agentes de policía cuya función es ejecutar las acciones necesarias para detener un complot terrorista.

También pueden compartir espacio con un agente federal estadounidense del FBI o con un especialista lingüístico destacado desde el GCHQ, la agencia británica de inteligencia electrónica y ciberseguridad.

Desde el 11-S también se ha realizado una reorganización profunda de los servicios de inteligencia de EE.UU., con la creación del Centro Nacional de Contraterrorismo (NCTC) en las inmediaciones de Washington D.C. y la figura del director de Inteligencia Nacional, encargado de garantizar que la información fluya donde sea necesario entre las 18 agencias de inteligencia estadounidenses.

La relación entre la CIA y su homóloga británica, el Servicio de Inteligencia Secreto —más conocido como MI6—,es quizá la más estrecha del mundo.

Esta colaboración se complementa con la alianza Five Eyes (“Cinco ojos”) que aúna los recursos de inteligencia de Estados Unidos, Reino Unido, Canadá, Australia y Nueva Zelanda.

No obstante, desde que los aviones impactaron contra las Torres Gemelas, se han seguido produciendo fallos desastrosos en materia de inteligencia, evaluación y planificación estratégica.

En el periodo previo a la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003, el MI6 permitió imprudentemente que su información de inteligencia se politizara, lo que llevó a la organización a sufrir el peor revés para su reputación desde la época de la traición del agente doble Kim Philby y otros topos soviéticos en las décadas de 1950 y 1960.

En un contexto de enorme presión política por parte de Washington para que aportara pruebas de que Irak, bajo el mandato de Sadam Husein, aún poseía “armas de destrucción masiva”, el MI6 suministró al gobierno del primer ministro Tony Blair información de inteligencia que resultó ser errónea.

Es cierto que Irak había poseído armas de destrucción masiva en el pasado, pero todo su arsenal fue eliminado tras la guerra del Golfo de 1991.

Después de la invasión de Irak en 2003, el MI6 realizó una reestructuración completa de su sistema de evaluación de la información bruta —conocida como CX— procedente de los agentes sobre el terreno.

Hoy en día existe una clara separación entre los responsables de gestionar a los agentes —cuya labor consiste en recopilar dicha información de fuentes en lugares como Irán o Corea del Norte, o desde el interior de grupos terroristas como al Qaeda— y el equipo de elaboración de informes, encargado de verificar y cuestionar esa información, que a menudo la devuelve para exigir una mayor fundamentación.

A pesar de estos cambios, algunas lecciones no se aprendieron hasta años después del 11-S.

“La guerra de Irak de 2003 se basó en información de inteligencia profundamente defectuosa”, afirma el general Richard Shirreff, quien sirvió en Irak como comandante de división.

Y agrega: “¿Hemos aprendido de ello? No, creo que nos cuesta aprender... Como comandante, resultaba evidente que nos dirigíamos hacia un fracaso estratégico”.

Tras la invasión de Irak se abrió una nueva investigación que culminó en el Informe Butler.

Este concluyó que la inteligencia de Reino Unido sobre el supuesto programa de ADM de Irak “adolecía de graves defectos y dependía en gran medida de fuentes no verificadas”.

El Servicio de Seguridad (MI5) también ha sufrido sus propios fracasos —en medio de numerosos éxitos indiscutibles— a la hora de frustrar complots terroristas.

Tras el 11-S, señala Jonathan Evans, director del MI5 entre 2007 y 2013, “la evaluación indicaba que, con diferencia, la amenaza más acuciante para la seguridad de Reino Unido era la amenaza terrorista procedente de al Qaeda y de individuos y grupos asociados”.